La hipertensión de Ana.

Tengo una amiga, de esas que surgen en las relaciones de trabajo y que queda para siempre en el recuerdo como la persona útil, que a la hora que  la llamas no se molesta.

Ana, es una mujer con mucha capacidad de trabajo y una inteligencia increíble para la organización. Pero, su mérito mayor es el papeleo. A ella no se le escapa nada, es lo que diríamos en buen cubano “una Puntualita”, todo lo tiene “al quilo”, absolutamente todo.

Cierta vez, aun estando joven, a Ana, de momento, le dieron “la misión” de organizar la salida de unas carrozas de carnavales. De verdad no sabía en lo absoluto del tema pero para ella No hay obstáculos porque, además de organizada, astuta e inteligente es obstinada hasta la médula.

Y… de la noche a la mañana, Ana de responsable de la salida de dos carrozas, la de la dirección de cultura y una infantil. Los niños dispuestos, como siempre. Las madres se ocuparon de tenerlo todo listo, sin embargo los adultos de la otra agrupación, brillaron por su ausencia.

Las horas pasaban y ni una señal y, como por arte de magia, Luisito, un muchacho muy dispuesto y alegre se ofreció para bailar con unos amigos en la carroza.

Ana, muy seria les dijo que no, que esperaría por las bailarinas y que no se pusiera bravo pero que el relajo tenía que ser con orden.

Aparentemente habían entendido. Ellos tenían voluntad pero no había que exagerar, cada quien a lo suyo. La historia que cuento ocurrió hace veinte años atrás, cuando ser gay en Cuba era un delito, sobretodo por el rechazo de la gran mayoría de las personas que incluso preferían enterrar a un hijo en vida antes que se supiera que era “maricón”.

Pues quien le dice a Ana que, cuando regresó, después de ir un momento a su casa, la carroza iba a toda luz por la calle principal del pueblo y una multitud gritaba despavorida, no se entendía nada, solo eran gritos eufóricos nacidos de la mezcla de la cerveza de pipa, el ron Yucayo y una cantidad de comidas que se vende en esas ocasiones carnavalescas.

La sorpresa fue cuando Ana llegó. Luisito y los demás muchachitos se habían puesto los bikinis de las bailarinas y asaltaron  el carro para dar una cintura jamás vista en ese pueblo. Ni la mejor de las danzadoras lo hubieran hecho como ellos, que felices se revelaban  sin pudor ante una sociedad que no estaba preparada para eso.

Lo que siguió deben imaginarlo. Ana, hasta hoy, padece una hipertensión como consecuencia de la locura de Luisito y la cantidad de explicaciones que tuvo que dar para no ser sancionada por irresponsable e incompetente ante una “misión” encomendada a ella por “las autoridades del territorio”.

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Acerca de regla7

Soy una cubana que ama su país y necesita estar rodeada de buenas personas.Amo la sinceridad y la lealtad
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