Las ocurrencias del viejo Cata

imagesEn la vida existen personas que aunque uno quiera no puede odiar porque tienen una gracia natural que los distingue entre muchos.

Este es el caso del viejo Cata, un hombre que vivió –literalmente- como le dio la gana. “Lo mismo le daba un ponche, que un reventón,  ocho que ochocientos o que crecieran los niños o los accidentes”. Dicho así pueden imaginar que le daba lo mismo cualquier cosa, siempre iba a él, estuviera en lo cierto o no.

Alto y con una piel mestiza, el viejo se hacía acompañar por un mazo de tabaco a donde quiera que fuera. lo regañaba y le decía que no tenía por qué soportar aquel olor al lado mio, y, como si hablara con el perro, encendía una breva  y me exhalaba aquel humo encima. Confieso que lo miraba con ganas de desaparecerlo pero al final a él le daba lo mismo y había que dejarlo por incorregible. Como digo una cosa, digo la otra: el Cata era bueno, cariñoso y agradecido, simpático de verdad, daba gusto sentarse cerca de él para disfrutar de sus inventos o anécdotas.

Recuerdo cuando quiso ir a La Habana, a visitar a un hermano que tenía en el Reparto Alamar, cercano a la Vía Blanca que enlaza a la capital de Cuba con el balneario de Varadero. En esa ocasión echó en una mochila un pantalón, dos camisas, un calzoncillo y dos paquetes de tabaco, cada uno con 25 piezas, y dijo “me voy pa La Habana y hasta Alamar no paro”, todos creíamos que era un chiste más, pero al caer la noche y ver que no llegaba,  sus hijos y los vecinos nos dimos cuenta de que era cierto. Decidió subir el ancla y a pasear se dijo.

A los días supimos, por una llamada telefónica que había llegado bien, aunque “esto  está del carajo, el agua viene cada segundo dia y estoy trepado en un palomar”. Yo, que fui la portadora del mensaje a la familia, le dije a su hija: “como si a él le importara mucho el agua” y nos reímos de sus cosas.

El Cata estuvo casi dos semanas en La Habana y en el barrio nos sentíamos desorientados, nos dimos cuenta que era alguien a quien queríamos y necesitábamos, aunque fuera para pelearle por sus travesuras.

Cuando regresó tenía para todos. A mí me dijo que parecía una leona, que me peinara; a Arelys que no perdía la esperanza de verla gorda y mal cuerpo, a mi hermano menor lo comparó con una vara de tumbar gatos y al bodeguero le dijo que no sabía por qué pero le notaba unos tarritos en la cabeza. En fin, concluimos que cargó las pilas en la capital y lo que nos esperaba no era de amigos. ¿La verdad?..Podía haberse quedado un poco más por allá.

Después de los saludos y disparates contó que Alamar no estaba feo pero como Varadero nada, que su hermano y sobrinos fueron muy cariñosos e igual  entrometidos porque “no le dejaron echarle picardía al agua” y lo obligaron a bañarse todos los días con un cubito de agua. Dejó para el  final lo más importante. El motivo de su viaje repentino.

Con cierto misterio nos dijo: “verdad que uno tiene que aguantar cosas en la vida. Si ustedes supieran por qué yo fui a La habana.

-Dale Cata, dinos, cuéntanos  por qué viejo zorro –le expresamos muertas de risa Jofy, Arelys y yo, tres vecinas criadas como hermanas en un patio.

Se hizo de rogar pero sabíamos que estaba loco por “desembuchar”.

-Dale viejo, insistimos, no te hagas de rogar.

Y fue entonces que nos dijo que fue en busca de un amor de la juventud.

Estallamos en carcajadas y le dijimos: “mira que inventas cosas, oye ni porque cogiste carretera cambias, mijo”.

Ël, con esa risita típica y el mocho de tabaco en la mano, se apresuró: “ah, porque no me creen, pues miren que sí, me enteré que Rosa un amor de la infancia enviudó y me dije: “Cata, esta es la tuya, ahora o nunca y hasta Alamar no paré”.

Chismositas nosotras le dijimos que abreviara, que se ahorrara detalles, si la había encontrado, qué le había dicho, si estaba conservada…

El Cata nos miró y dijo: “está hecha  una pasita de flaca y sin dientes, ¡caballero, que los años no pasan por gusto!!

-Ah, ¿ qué te crees,  no te has visto en un espejo?

-Si, yo si me he visto, ese es el lío. A que no saben qué me dijo Rosa –preguntó.

-¿Qué?, dijimos al unísono.

-Dice!!!! Que estoy igualito, que el tiempo no ha pasado por mi!

Rompimos a reír y las lágrimas corrían de nuestros rostros ante la cara de burla y desconsuelo del Cata

-Y tú, ¿qué  le dijiste?

-¡Qué le iba a decir a la pobre! Le pagué con la misma. Le dije: “tu sí que estas igualita, estás como cuando te conocí 50 años atrás. Mira que venirse a burlar de mí, como si yo no me viera en un espejo todos los días”.

Casi una hora estuvimos riéndonos de la experiencia del Cata con su amor de la juventud.

 

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Acerca de regla7

Soy una cubana que ama su país y necesita estar rodeada de buenas personas.Amo la sinceridad y la lealtad
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2 respuestas a Las ocurrencias del viejo Cata

  1. josefina dijo:

    al cata todos los recordamos por esta y muchas anecdotas mas, tiene historia para hacer una enciclopedia que ahora casi seguro todas dan risa pero ese senor no era facil……

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